viernes, 3 de enero de 2014

Malas vibraciones

El día había comenzado fatal. El despertador no cumplió con su deber, y amanecí una hora tarde, la bombona de butano se terminó cuando estaba totalmente enjabonado y, al bajar al aparcamiento, descubrí que la noche anterior me había dejado las luces puestas.

Lucía habría intentado convencerme de que aquello no tenía nada que ver con que fuera martes y trece. Pensé en llamarla y explicarle la sucesión de desgracias que se habían acumulado en tan solo treinta minutos, a ver si ahora opinaba que todo eran supersticiones. Pero sabía perfectamente lo que diría y decidí ahorrarme el sermón.

En lugar de llamarla, me lancé a la calle en busca de un taxi. Llovía, naturalmente. Debí haberlo previsto. Era de esperar que lloviese y también que el autobús pasase justo en ese momento salpicándome de arriba abajo.
Tuve que volver a casa a cambiarme y, con las prisas, no reparé en el portero hasta que oí un “buenos días” proveniente de las alturas. Me quedé un segundo mirando la bombilla oscilante, la escalera abierta y el portero en lo alto. Aterrado, murmuré algo ininteligible y me refugié en el ascensor. Ya no tuve valor para volver a salir de casa. Decidí telefonear a la oficina y alegar una gripe.

Lucía podía opinar que aquello eran tonterías, pero yo sabía por experiencia que existen fuerzas en la naturaleza capaces de arruinarte el día.
La noche anterior, mientras cenaba con ella, cometí el error de explicarle mi plan para enfrentarme a esas fuerzas en un día tan desfavorable como el que se avecinaba.

Le mostré sin rubor todos mis amuletos: un pequeño búho tallado en un pedazo de roble —para poder tocar madera siempre que lo necesitara —, la archiconocida pata de conejo y un candado antiguo de hierro forjado. El hierro, le expliqué alentado por lo que yo creía que era una mirada de interés sincero, se usa desde antiguo como protección contra espíritus y brujas, aunque hoy en día se utiliza como equilibrador de energías. A cada nueva explicación Lucía sonreía. Por último le mostré mi colgante de ámbar, contenedor de esencia vital y garantía de  salud, energía y equilibrio. Repentinamente Lucía saltó de la silla y me arrebató la piedra mientras, entre risas, decía que a partir de ese momento yo sería incapaz de andar sin tropezarme a cada paso.
La reacción de Lucía me hizo perder los nervios. No tanto por las burlas, a las que ya estoy acostumbrado, como por el hecho de haber tocado mi talismán. Naturalmente ella ignoraba que nadie debe tocar una piedra ajena. Y cuando le expliqué que ahora mi ámbar había quedado inútil y que debería llevárselo a Doña Carmen para que lo limpiase, estalló en carcajadas.

Me dijo que todo aquello eran gilipolleces y para demostrármelo agarró el candado, el ámbar, la pata de conejo y el búho de madera, y los lanzó por la ventana. Me quedé mudo, horrorizado ante lo que podía ocurrirme al día siguiente.   Lucía se marchó antes de los postres. Dijo que sería mejor que durmiese en su apartamento y que ya nos veríamos.
Así pues, cuando aquel martes los astros descargaron su furia contra mí, corrí a refugiarme en casa, convencido de que ni los cuarzos que tenía repartidos por el piso, serían capaces de limpiar la atmósfera de toda aquella negatividad. Estaba decidido a no moverme de mi refugio hasta no conseguir por lo menos una pata de conejo.

Cinco minutos más tarde llamaron a la puerta. Era mi vecino, un escritor, gay, guionista de televisión, y con un gusto espantoso para los suéteres que, con voz afectada, se deshacía en disculpas porque su guión no iba como debiera. Yo no entendía nada, pero el gay del jersey a cuadros continuó explicándome que mi personaje debía ser algo supersticioso —y dibujó unas comillas en el aire— pero no tanto que le impidiera salir de casa. Sino ¿cómo iba a relacionarme con el resto de personajes?
Mi estupor iba en aumento, pero no tuve tiempo de reaccionar. El guionista sacó un martillo de vete tú a saber dónde y de un golpe convirtió el espejo del recibidor en siete años de mala suerte, provocándome una crisis de ansiedad. Sentí que el pánico se agolpaba en mis sienes y que el aire no llegaba a mis pulmones.

Después se dirigió al balcón y me indicó la salida.
—Lo siento —dijo —, pero creo que vas a tener que saltar.


Esta es mi participación en el taller de escritura "móntame una escena" de Literautas. Si quereis leer otras participaciones podeis hacerlo aquí