sábado, 9 de diciembre de 2017

Tengo la cabeza llena de monstruos



Solo yo puedo verlos, merodeando en mis sueños o corriendo de puntillas por el pasillo.

A los gigantes los oigo llegar desde lejos: el suelo retumba a cada paso y, aunque sus zancadas son enormes, me da tiempo a subirme a un árbol para que no me aplasten sin querer. Los duendes trabajan sin descanso mientras yo duermo: limpian la casa, preparan el desayuno, lavan mi ropa. Pero las hadas solo piensan en jugar. Abro el cajón de la mesilla y sale una volando. Si busco un bolígrafo, oigo sus risitas burlonas (seguro que me lo han robado ellas). Las brujas, en cambio, son honestas. Malvadas, pero honestas. Si haces un trato con ellas, sabes que lo cumplirán. Quizás tendrás que engordar a tu propio hermano para que se lo coman pero, a cambio, obtendrás la fama que deseas.

Sin embargo, desde que te conocí, todo ha cambiado. No como, no duermo, no vivo. Eres la criatura más maravillosa que jamás imaginé y, cuando me miras, siento que debería confesártelo todo: tengo la cabeza llena de monstruos, de magia. Pero, por ti, cambiaré. Buscaré otro oficio.


Y dejaré de escribir estos cuentos que lees cuando crees que no te miro.

Relato escrito para ENTC. Tema de esta convocatoria: "Seres mágicos"

viernes, 1 de diciembre de 2017

Objetos perdidos



Nada más bajar del taxi supe que había perdido algo. Revisé bolsas y bolsillos, pero no eché nada en falta. Sin embargo, tenía una extraña sensación de orfandad, de ausencia, como si hubiera descubierto un agujero en mi bolsillo e intentara recordar lo que llevaba allí.

No eran las llaves, por lo que pude entrar en mi piso sin dificultad. Tampoco había olvidado las bolsas de la compra, así que me preparé la cena y me senté a devorarla con ansia, pues no había comido nada desde el almuerzo. Encendí la televisión para distraerme de mi obsesión, pero continuaba pasando lista a todas mis pertenencias, intentando detectar cuál de ellas había extraviado. El móvil parecía querer tranquilizarme vibrando sobre la mesa de la cocina: cinco mensajes en dos grupos. Desesperada, volqué el contenido del bolso: cartera, documentación, paquete de pañuelos, protector labial… No faltaba nada.


Más tranquila, me dirigí al dormitorio y me puse el pijama. Al entrar en el lavabo  no noté nada extraño, abrí el grifo y dejé correr el agua. Desde el espejo, con el cepillo de dientes en la mano, mi cuerpo descabezado respondía a todas mis preguntas.

Relato para los #viernescreativos. El único requisito: que aparezca un taxi.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Cenicienta



Que me vaya a fregar, dice. Que me vuelva a casa, a la cocina, que es mi lugar. Y lo dice a voz en grito desde la grada, mientras su hijo baja los ojos avergonzado y saca la falta lo más rápido posible. Y yo lo reflejo todo en el acta, por vigésima vez esta temporada. Pero tampoco hoy pasará nada, no habrá sanción al club. Después de todo —dirán en la federación—, no ha habido violencia.


Mi madre lo observa todo desde el fondo sur, donde suele sentarse en silencio, para que nadie sepa que viene a verme a mí, que el partido no le interesa. Mira la grada efervescente, a los niños en el terreno de juego, y otra vez a los padres. Mueve la cabeza, pensativa, entorna los ojos y con un rápido movimiento de varita los convierte en ratones. El partido ha finalizado. Los niños ríen a carcajadas mientras sus padres corretean con sus diminutas patitas camino del aparcamiento. Mueven sus bigotes, asustados, cuando comprueban que los coches se han convertido en calabazas y me miran con estupor mientras subo en mi moto y abandono el lugar quemando rueda. 

Mamá me guiña un ojo desde la grada. No le gusta el deporte y tampoco entiende por qué visto siempre de negro, pero hace tiempo, ella también estrelló sus zapatos de cristal contra el asfalto. 

Relato para los viernes creativos de Ana Vidal. Esta semana, escribimos para luchar contra la violencia machista: dale la vuelta al cuento.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Limbo



Desde que empezó todo no he vuelto a ver a papá ni a mamá. Llevo días buscándolos, pero no los encuentro por ningún lado y empiezo a preocuparme porque en cualquier momento empezaré a tener hambre. A veces me parece oír algo, como un sollozo, y corro a la cocina pensando que es mamá quien llora, pero nunca la encuentro.

No me gusta estar sola. Por eso me alegré tanto cuando aparecieron las gemelas. La primera vez que las vi, estaban de pie al fondo del pasillo, cogidas de la mano. Me miraban con una expresión que no fui capaz de identificar: mitad miedo, mitad melancolía. Pensé que ellas también estaban solas y que solo querían jugar, pero era mucho más que eso. Las hermanas comprenden lo que ocurre. Susurran entre ellas y, cuando me acerco, callan. Saben  qué les ha pasado a mis padres, pero no me lo quieren explicar. Dicen que debo descubrirlo sola.


Hoy prometieron darme una pista  y me han llevado al jardín para enseñarme su rincón favorito. Nunca había visto que hubiera tumbas en el jardín.


Relato para los viernes creativos: la foto es de Hellen van Meene.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Pesadillas



Lo primero que oigo es un sonido sordo, como un trueno. Tras los cristales, el ruido de la lluvia parece la voz de mamá: un susurro suplicante, intentando calmarlo. Y papá cada vez más enfadado, hasta que su voz (aquella voz ronca y masculina), ahoga la de ella por completo y retumba en toda la casa. Un relámpago ilumina mi habitación como si fuera de día. Yo me escondo bajo las mantas y cuento los segundos, tal como me ha enseñado mamá, para comprobar si la tormenta se aleja.

Uno, dos…
El trueno ha sonado en la cocina.

Microrrelato escrito para Los viernes creativos.
Una historia inspirada en la última foto que hayas hecho con el móvil.

martes, 10 de octubre de 2017

Óleo sobre lienzo, 1937




Un día, el azul desapareció. Nos quedamos todos mirando al cielo, con cara de pasmados. Quietos. Alguien aventuró que se acercaba una tormenta, pero aquel gris acerado no tenía nada que ver con los nubarrones de abril. Después se borraron los amarillos y el atardecer perdió su luz. Los enamorados dejaron de citarse a la hora del crepúsculo y un frío penetrante se coló entre los pliegues de tu falda.
Al poco, nos faltó el verde y el roble milenario se convirtió en despojo de nuestra historia. Muy pocos se atrevieron a salir al campo y los que lo hicieron regresaron cubiertos de cenizas, como si un gran incendio hubiera devastado el valle. Pero fue cuando nos robaron el rojo que, incapaces de distinguir la sangre del barro, alzamos nuestras manos crispadas en puños y gritamos con las gargantas llenas de polvo. A esas alturas, el dolor asaetaba nuestros ojos y el cielo vomitaba hierro y fuego.
Y muerte.

Sobre un lienzo blanco, Pablo dibuja formas afiladas, lenguas enhiestas que apuntan al cielo. Pinta cuerpos retorcidos en ángulo obtuso, animales moribundos, madres que lloran. Y en tus ojos, nublados de tristeza, el recuerdo de una guerra en blanco y negro.


Este relato fue nominado en el blog ENTC. El lema de la convocatoria bimensual: "Artistas"


lunes, 28 de agosto de 2017

Volver



El viaje de vuelta siempre parece más corto. Dicen que es porque ya conocemos el camino. A mí, en cambio, se me está haciendo eterno. Seguramente sea porque no deseo llegar a casa. Nuestra casa.
Solo.
El viaje de regreso iba a ser idéntico al de ida. Rebobinaríamos la película y el coche retrocedería marcha atrás, los pueblos se sucederían y los carteles anunciando las salidas de la autopista aparecerían en orden inverso. Los niños se quedarían dormidos en el asiento trasero. Tú me cogerías la mano, que reposaría indolente en el cambio de marchas, sonriendo igual que lo hacías en el trayecto de ida ante la perspectiva de unos días en la playa.
Pero nada es como debiera. Ni siquiera conduzco yo: el collarín me lo impide. Un taxista extrañamente callado se sienta al volante. La vista clavada en el asfalto y, de tanto en tanto, una fugaz mirada al retrovisor vigilando mi silencio. En el hospital le habrán explicado lo ocurrido y prefiere no entablar conversación. Mejor así.
Me esfuerzo, pero no consigo recordar el accidente. Solo luces parpadeantes acercándose. Aquella mano inmóvil sobre la mía. Tu sonrisa convertida en dolorosa mueca.

Y los niños, que parecen dormidos.

Mi participación en ENTC. Lema de este bimestre: "Viajes y viajeros".