jueves, 21 de febrero de 2019

A mi viejo profesor




En mi caso, el daltonismo fue una adaptación al medio. Simple cuestión de supervivencia.

Cada vez que don Leónidas me devolvía el cuaderno, lo encontraba lleno de aquellas marcas brillantes y crueles que señalaban mis errores. El maestro atrapaba en un círculo cada uno de mis fallos, lo subrayaba y entrecomillaba, dibujando con saña el código indescifrable con el que puntuaba mi fracaso. Por último escribía una nota en el margen superior derecho de la página. Rara vez, aquel número alcanzaba el cinco y, en las pocas ocasiones en que merecía su aprobación, trazaba una o dos flechas descendentes señalando, sin lugar a duda, el presagio de mi futuro.

Veinte años después, no he superado la angustia que me produce enviar el borrador de mi última novela para que sea revisado. Hasta he incluido una cláusula en mi contrato editorial (por recomendación de mi terapeuta) que les obliga a usar bolígrafos verdes para ese menester.

Sin embargo, guardo un lápiz de ese color diabólico que llevo siempre conmigo. En cada librería o biblioteca, repaso la fila de lectores que esperan una dedicatoria. Busco un viejo de unos sesenta, gafas gruesas  y espalda encorvada.

Ansío saber qué nota me pone ahora.


Escribiendo a todo color para ENTC. 
Esta convocatoria nos inspiramos en el color ROJO.

sábado, 12 de enero de 2019

Llaços invisibles




Em llevo sense recordar si anit vaig sopar o no. Poso els peus a terra. Està fred, com ahir. Com cada dia des que dura aquesta situació estranya. Busco el meu reflex al mirall del lavabo, però només veig un rostre de dona. Sembla que ha plorat.
És l’endemà, o l’endemà passat. No estic segur, perquè ara tots els dies són iguals. Ella és a la cuina. Remena un cafè i té la mirada perduda. Jo sóc al seu costat però, per algun motiu, no em pot veure. Si tan sols pogués parlar-hi. Li preguntaria què s’ha fet de la meva bici.
Avui alguna cosa ha canviat. Ella era a la dutxa i jo he entrat al lavabo per pixar. És un costum. Tan bon punt em llevo, haig d’anar-hi i no m’acostumo a no fer-ho. Quan he entrat, s’ha tombat cap a mi, com si em mirés. Semblava nerviosa i molt trista. L’he seguit fins a l’aparcament. Estic tip d’haver de seguir-la arreu. Puja al cotxe i l’engega. De seguida he reconegut el vehicle: un tot terreny gris amb un bony al costat dret. Just on…
La miro i sento una fiblada al pit: una mena de neguit inútil. Ja no hi puc fer res. Ella tampoc. I tanmateix, mentre el garatge es va omplint de fum, penso que potser podria prémer la botzina i alertar els veïns.



Relat guanyador al concurs de La Microbiblioteca
 (covocatòria del desembre 2018)


Me despierto y no recuerdo si anoche cené o no. Pongo los pies en el suelo. Está frío, como ayer. Como cada día desde que dura esta situación extraña. Busco mi reflejo en el espejo del lavabo, pero solo veo un rostro de mujer. Parece que ha llorado.
Es el día siguiente, o dos días después. No estoy seguro porque ahora todos los días son iguales. Ella está en la cocina. Remueve un café y tiene la mirada perdida. Yo estoy a su lado pero, por algún motivo, no puede verme. Si por lo menos pudiera hablar con ella. Le preguntaría qué se ha hecho de mi bici.
Hoy alguna cosa ha cambiado. Ella estaba en la ducha y yo he entrado al lavabo para mear. Tengo esa costumbre. En cuanto me levanto, tengo que ir y no me acostumbro a no hacerlo. Cuando he entrado, se ha vuelto hacia mí, como si me mirase. Se la veía nerviosa y muy triste. La he seguido hasta el aparcamiento. Estoy harto de tener que seguirla a todas partes. Sube al coche y lo pone en marcha. En seguida he reconocido el vehículo: un todo terreno gris con un golpe en el lado derecho. Justo dónde...
La miro y noto una punzada en el pecho: una especie de angustia inútil. Ya no puedo hacer nada. Ella tampoco. Y sin embargo, mientras el garaje se va llenando de humo, pienso que tal vez podría tocar el claxon y alertar a los vecinos.

domingo, 16 de diciembre de 2018

...tal astilla




      Entorno la puerta con cuidado, por fin se ha dormido. Cada vez me cuesta más convencerlo de que los juguetes no se mueven solos cuando él cierra los ojos. Esta noche, incluso, he tenido que esconder el payaso de fieltro en el armario, porque Carlitos aseguraba que el muñeco era quien ordenaba a los demás que treparan a su cama y no lo dejaran dormir.
      Mi madre dice que tanto ordenador lo pone nervioso y por eso tiene pesadillas. La pediatra, en cambio, no le da importancia. Dice que es normal a su edad y que es un niño sano e imaginativo. Claro que ellas no tienen que saltar de la cama en mitad de la noche para ir a salvarlo de los dinosaurios de plástico hambrientos.
      Lo único que me compensa es cuando, como esta noche, consigo guardarme disimuladamente en el bolsillo  el descapotable azul. Le doy cuerda a tope, me siento al volante y te invito a ocupar el asiento de al lado. Tú sonríes y, juntos, dejamos que el viento nos despeine mientras él duerme tranquilo.
      Al amanecer, regresamos con las pilas cargadas y, mientras lo besas en la frente, susurras: "de tal palo…".

Escribiendo en ByN para ENTC
(recuperando el color)
Última convocatoria del año, inspirada en esta foto de Robert Dosnieau.

domingo, 7 de octubre de 2018

Una de extraterrestres




Enfrentada a la hoja en blanco, decidió apostarlo todo a la originalidad. La revista de viajes había convocado un concurso de relatos y la competencia era dura, pero el premio lo valía: un millón de kilómetros para recorrer la galaxia, con todos los gastos pagados. Se imaginó sentada junto a su marido en uno de aquellos vagones antiguos, con los asientos forrados de terciopelo, que había visto en los documentales sobre la Tierra.
Hizo crujir los nudillos y empezó a teclear. Su historia lo iba a petar: había aventuras, romance,  cruceros interestelares y planetas desiertos.
Solo le faltaba el título.

Escribiendo en ByN para ENTC. Esta vez, fuera de concurso.
La foto de Vivian Maier puede inspirar miles de historias, incluso "Una de extraterrestres".

jueves, 23 de agosto de 2018

Corsarios de papel




No conocíamos el mar.
Pero cuando el viento inflaba las velas del bajel, levábamos anclas y navegábamos rumbo al horizonte. Si tú gritabas “al abordaje”, yo blandía una espada con alma de cartón, dispuesto a seguirte. Y al final de la tarde, cuando la colada estaba seca, arriábamos la mayor y fondeábamos en la bahía de nuestros sueños.
Los días de lluvia, corríamos por las playas de una isla desierta, enterrando besos como tesoros. Trazábamos el mapa de nuestras pieles con caricias inventadas y jurábamos con sangre no revelar el secreto.
No conocíamos el mar.                                         
Ni sabíamos que existían amores prohibidos.
Hasta que una mañana, el viento sopló del este. Los ingleses subieron a bordo, ebrios de razones. Reían y bebían mientras nos empujaban a caminar por la tabla. Tú te volviste a mirarme. Yo cerré los ojos mientras saltabas. Cuando llegó mi turno, sentí los corales afilados mordiendo mi pierna.
Solo y herido, regresé a tierra arrastrándome. No pude explicar lo ocurrido. Juegos de niños, dijeron. Y tendieron un silencio blanco de sábanas.
Aún no conozco el mar. Pero continuaré izando esa bandera, surcaré sueños en tu nombre y el chasquido de mi pierna gritará: “¡Barco a la vista!”.



Escribiendo en ByN para ENTC. Foto de Cristina García Rodero.

domingo, 8 de julio de 2018

Blanco como el mar




Esos no son mis pies. Están pegados a mis piernas, pero no son míos. Los míos caminan por la playa tras de ti, siguiendo una linterna que nos hace señales. Estos otros cuelgan a dos palmos del agua, pensando si sería mejor resbalar y desaparecer en la negrura de un mar insensible. Mis pies andan rápido. Los tuyos se hunden en la arena. No quieres que nadie nos quite el sitio y cargas con nuestro hijo en brazos. Has pagado. Se han quedado con todo el dinero y me has pedido que les deje usar mi cuerpo para que pueda venir el niño también.

Cierra los ojos, mi vida. Estaré bien.

Esos no son mis pies. Los míos, mojados y fríos, suben a la barca. Que no llore, has dicho poniéndolo en mi regazo.  Sus piececitos y los míos temblando juntos. Huérfanos de tierra.
No, no son míos. Mis pies habrían calmado su llanto, habrían luchado cuando alguien  lo arrancó de mí. Tú habrías luchado también.  Pero tuvimos miedo.

Ya no llora.

Esos no son mis pies, ya no. Los míos saltaron al agua inútilmente. Y los suyos, pequeños, blandos. Silenciosos.

Cierra los ojos, mi vida. Estarás bien.


Escribir en Blanco y Negro.
Relato para ENTC, inspirado en la fotografía de Benoit Courti.


lunes, 4 de junio de 2018

Alas de ceniza



No me llevo nada. Las fotos que nos hicimos cuando todo era perfecto están en un cajón de la cómoda, junto a los recibos del gas. En el bolso marrón, encontrarás los abrazos que me quedaron sin dar y el tique del abrigo que me compré en las rebajas y no he estrenado. Quizás quieras devolverlo, ya sé que era demasiado caro y este mes se hace cuesta arriba. También te he dejado un táper en la nevera: son las alas que me cortaste. Ya no las voy a necesitar.
Solo te pido una cosa: mis cenizas, espárcelas al viento.



Y hasta aquí mi participación en La Copa ENTC.
En esta tercera ronda, la premisa era doble: el título obligatorio y estar ambientado en el mes de Enero.