Eso fue lo que me dijo el encargado en mi primer día: “Ya
verá usted que aquí somos como una familia”. Confecciones Martínez era
un comercio con más de cincuenta años de historia y una clientela fiel formada
principalmente por señoras que buscaban prendas de calidad para toda la
familia.
Una tarde, después de cerrar, me quedé para cambiar los
modelos de los figurines de yeso. Abrochaba una blusa sobre el pecho de la
maniquí, cuando escuché una risita ahogada. Me volví, pero solo vi una pareja
de muñecos de menor estatura. Continué vistiendo a la madre hasta que un rumor
me sobresaltó. Juraría que se habían movido. Volví a mi trabajo pero la sensación
de que algo, o alguien se aproximaba me hizo volverme bruscamente. Los
maniquíes estaban claramente más cerca y sus bocas pintadas sonreían ante la
inesperada diversión. Nerviosa, intenté abrochar otro botón de la blusa. La
certeza de una mano infantil, a punto de tocarme la espalda, me obligó a
entonar la cancioncilla: “un, dos, tres, pica pared”. Al contacto me
giré y eché a correr tras ellos.
Ahora espero inmóvil a que la nueva dependienta nos vista
con la colección de primavera.
