(1er premi Concurs de Relat Breu escrit per Dones)
Cuando llegué a la casa yo
también había naufragado, como todas. Mi mundo se había hundido y todo lo que
antes me parecía seguro e inalterable había desaparecido bajo las aguas. Me
abrió la puerta Zulema, un espíritu antiguo encarnado en una africana bajita y
regordeta. Cargaba a la espalda con su pequeño milagro, de ocho meses, y
contemplaba mi vientre con una sonrisa huérfana de algún diente pero muy
acogedora. Me sentí obligada a presentarme formalmente:
—Me llamo Laura —susurré tan
bajito que ni yo pude oír mi voz.
—Hola mi cielo, ¡no tengas
miedo! —y me tomó de la mano conduciéndome al interior.
La casa estaba en penumbra,
con las persianas medio bajadas para evitar el calor de la tarde, pero se
notaba que estaba todo muy limpio. Entramos en una salita amueblada únicamente
con una gran mesa y un grupo de sillas, todas distintas, dispuestas a su
alrededor. Nos sentamos.
Zulema me miró un buen rato
antes de decir:
