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domingo, 21 de mayo de 2023

Migraciones

 



En verano nos mudamos y yo empecé a enterrar tesoros en un nuevo  jardín: los pendientes de la abuela, que todos daban por perdidos; los zapatos de charol de Julita y un botón dorado del uniforme de papá. Es una extraña costumbre, pero mamá le quita importancia. Dice que soy su pequeña urraca, y que recojo todo lo que brilla para adornar nuestro nido. De Julita, en cambio, dice que es una cotorra, porque charlotea sin parar y repite todo lo que escucha.

La gente murmura. El jardín se nos está llenando de hoyos, al tiempo que sus bolsillos se van vaciando de monedas, canicas de colores o anillos. Una vecina protesta: le ha desaparecido un reloj de pulsera. Mamá la tranquiliza y la invita a merendar. Su hijo juega con nosotras en el jardín, cuenta hasta cien y su cabello refleja el sol de la tarde. Me recuerda un canario que tuvimos y al que sepultamos entre las azaleas. Pero eso fue hace tiempo, en otro jardín.

Mamá y la señora han acabado el café. Al niño rubio le ha tocado esconderse y no responde a la voz de su madre. Julita salta sobre un solo pie y repite, una y otra vez, que vamos a tener que mudarnos de nuevo. Yo escondo las manos en los bolsillos, sucias de tierra.

Relato finalista en La Microbiblioteca, mes de abril.

sábado, 12 de enero de 2019

Llaços invisibles




Em llevo sense recordar si anit vaig sopar o no. Poso els peus a terra. Està fred, com ahir. Com cada dia des que dura aquesta situació estranya. Busco el meu reflex al mirall del lavabo, però només veig un rostre de dona. Sembla que ha plorat.
És l’endemà, o l’endemà passat. No estic segur, perquè ara tots els dies són iguals. Ella és a la cuina. Remena un cafè i té la mirada perduda. Jo sóc al seu costat però, per algun motiu, no em pot veure. Si tan sols pogués parlar-hi. Li preguntaria què s’ha fet de la meva bici.
Avui alguna cosa ha canviat. Ella era a la dutxa i jo he entrat al lavabo per pixar. És un costum. Tan bon punt em llevo, haig d’anar-hi i no m’acostumo a no fer-ho. Quan he entrat, s’ha tombat cap a mi, com si em mirés. Semblava nerviosa i molt trista. L’he seguit fins a l’aparcament. Estic tip d’haver de seguir-la arreu. Puja al cotxe i l’engega. De seguida he reconegut el vehicle: un tot terreny gris amb un bony al costat dret. Just on…
La miro i sento una fiblada al pit: una mena de neguit inútil. Ja no hi puc fer res. Ella tampoc. I tanmateix, mentre el garatge es va omplint de fum, penso que potser podria prémer la botzina i alertar els veïns.



Relat guanyador al concurs de La Microbiblioteca
 (covocatòria del desembre 2018)


Me despierto y no recuerdo si anoche cené o no. Pongo los pies en el suelo. Está frío, como ayer. Como cada día desde que dura esta situación extraña. Busco mi reflejo en el espejo del lavabo, pero solo veo un rostro de mujer. Parece que ha llorado.
Es el día siguiente, o dos días después. No estoy seguro porque ahora todos los días son iguales. Ella está en la cocina. Remueve un café y tiene la mirada perdida. Yo estoy a su lado pero, por algún motivo, no puede verme. Si por lo menos pudiera hablar con ella. Le preguntaría qué se ha hecho de mi bici.
Hoy alguna cosa ha cambiado. Ella estaba en la ducha y yo he entrado al lavabo para mear. Tengo esa costumbre. En cuanto me levanto, tengo que ir y no me acostumbro a no hacerlo. Cuando he entrado, se ha vuelto hacia mí, como si me mirase. Se la veía nerviosa y muy triste. La he seguido hasta el aparcamiento. Estoy harto de tener que seguirla a todas partes. Sube al coche y lo pone en marcha. En seguida he reconocido el vehículo: un todo terreno gris con un golpe en el lado derecho. Justo dónde...
La miro y noto una punzada en el pecho: una especie de angustia inútil. Ya no puedo hacer nada. Ella tampoco. Y sin embargo, mientras el garaje se va llenando de humo, pienso que tal vez podría tocar el claxon y alertar a los vecinos.