domingo, 1 de diciembre de 2013

Inmovil




 
Tengo que moverme. Estoy tumbado boca arriba, siento frío y no puedo moverme. Hay gente a mí alrededor, puedo oírlos, pero no alcanzo a verlos. Intento mover la cabeza hacía el lugar de donde proceden las voces pero mi cuerpo no me obedece. Quiero gritar y compruebo que mi boca, obstinadamente cerrada, es incapaz de emitir sonido alguno.
Estoy empezando a angustiarme. No sé qué me está pasando, ni siquiera recuerdo cómo he llegado hasta aquí. Probablemente he sufrido un accidente y el golpe me ha provocado amnesia. Sin embargo no siento dolor, es todo muy extraño. Si me hubiera dado un golpe me dolería la cabeza, ¿no?

También puede ser que esté recuperándome de la anestesia después de una operación. La anestesia explicaría la ausencia de dolor. Sí, eso es, parece una explicación lógica.
Debe haber sido un accidente bastante grave para perder la memoria y pasar por el quirófano. Pero entonces, ¿por qué no tengo ningún monitor conectado a mi cuerpo? Y, ¿por qué ningún médico o enfermero se acerca a ver cómo estoy? La hipótesis de la intervención quirúrgica va perdiendo peso. Además, creo que estoy tirado en el suelo. Es evidente, no estoy en un quirófano.
Tengo que moverme, tengo que moverme. Seguro que si me concentro puedo mover un pie, como hacía Ulma en aquella peli. Concéntrate, con todas tus fuerzas, siente que vas a moverte, los músculos tensos, preparados, ¡vamos! ¡ahora! Nada, no he conseguido nada. Llevo horas intentándolo, me duele todo el cuerpo, estoy desesperado.
Mis ojos se han llenado de lágrimas, estoy hiperventilando, creo que tengo un ataque de pánico. ¿Es que nadie se da cuenta de que estoy aquí tirado? ¿Es que no piensan ayudarme? Voy a morir. Estoy seguro de que voy a morir, aquí tirado como un perro, mientras esa gente va y viene sin hacerme caso. Espera, alguien se acerca.
Es un hombre, lo busco con la mirada, intentando captar su atención. ¡Al fin!, viene directo hacia mí. Se arrodilla a mi lado.  Mírame por favor, estoy aquí, ¡mírame! Busco desesperadamente el contacto visual. Seguro que si me mira a los ojos podré transmitirle que algo no va bien. Mírame, vamos, ¡mírame!, casi grito.
Ahora me toca, me dobla las piernas por las rodillas y me pasa un brazo por la cintura. Este tío no me ve, no se da cuenta de nada. O quizás no quiere verme, prefiere mantener la distancia. De pronto, me alza en volandas sin apenas esfuerzo y me sienta, sujetándome con algo que no alcanzo a ver, sin duda para evitar que me caiga.
Continúa colocándome bien erguido en el asiento, impasible ante mi sufrimiento, con la frialdad de un profesional. Y se va. Se aleja. Me deja de nuevo solo, con mi desesperación.
Menos mal, ya vuelve. Le oigo acercarse, ya le veo. Trae en brazos a otro individuo, inmóvil, como yo. ¡Hay otro!, o quizás muchos, ¿se tratará de una epidemia? Lo miro de reojo mientras acomoda al nuevo en el asiento de al lado. Después se va y nos quedamos los dos solos.
Ojalá pudiera hablar con este tío. A lo mejor él sabe qué nos está ocurriendo. Está mudo igual que yo. Afectado por el mismo tipo de parálisis que yo. Si pudiera volver la cara y verle los ojos…
De repente me encontré con nuestros rostros, idénticos e inexpresivos, reflejados en el parabrisas. Mientras acelerábamos en dirección al muro, el otro me sostuvo la mirada y eso me dio fuerzas para soportar el impacto. Tras el choque volví a despertarme tirado en el suelo. Incapaz de moverme, angustiado de nuevo. ¿Es que nadie va a ayudarme?
 
Relato escrito para el taller mensual de Literautas: Móntame una escena. En Noviembre escena nº 12: "Muy, muy quieto"