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lunes, 24 de abril de 2017

El ornitólogo



Mientras observaba a través de los  prismáticos, dos endecasílabos llegaron volando y se posaron en un arbusto; enseguida llegaron dos más y empezaron a cantar en rima asonante. La migración de los sonetos había empezado con el mes de abril y, como cada primavera, sólo él dejaba constancia de su paso. Otros corrían disparando tiros a los pareados, que caían como moscas, o tendían redes para atrapar serventesios salvajes. Pero él prefería los sonetos:  tan raros, tan difíciles de observar, con a su plumaje críptico y sus hábitos prudentes. Tan hermosos.

En cuanto empezaba la temporada Martín, vestido de camuflaje, se parapetaba en su escondrijo cerca del río y se armaba de paciencia. A veces la espera era larga y él se entretenía leyendo poesía. Fue así como descubrió que aquel leve sonido, producido al volver las páginas, actuaba como un reclamo y atraía a los sonetos en celo. Éstos se le acercaban sin miedo, dando saltitos y picoteando el suelo. Y él comenzó a lanzarles migas de su bocadillo, cada vez más cerca; hasta que alguno, más atrevido, se posaba sobre el libro. Entonces, con un rápido giro de muñeca, Martín lo cerraba de golpe, atrapando entre las páginas un nuevo ejemplar que nunca más volvería de tu balcón su nido a colgar.


Mi participación en el concurso de Zenda #historiasdelibros

domingo, 19 de febrero de 2017

Sopa casera de garbanzos



Lleva mucho tiempo sola. De lunes a viernes trabaja en la fábrica de sopas instantáneas y al regresar a casa solo tiene ánimo para pulir el hueco que ha forjado en el sofá viendo, un día tras otro, ese concurso de cocina.
Ni siquiera habla con sus vecinos, más bien los evita; pero sabe que en el entresuelo vive una anciana, acelgas con patatas y pescado hervido; en el segundo una pareja joven, macarrones boloñesa y bistec con patatas; y en el primero, un divorciado que mata el hambre a base de precocinados y microondas. El número veintisiete de la calle Tánger huele a soledad y sopa de sobre.
Hace dos años que no tiene una cita. Al último chico no le gustó el restaurante que ella propuso —demasiado elegante—, ni el sushi —él era más de hamburguesas—, y tampoco le debió gustar que le preguntase si sabía cocinar, porque no ha vuelto a tener noticias suyas.
Su antiguo novio la mira desde la pantalla y emplata un magnifico solomillo con reducción de Oporto ante los chefs televisivos. Ella ha reconocido el ingrediente extra de la salsa y le duele que él diga que es uno de sus trucos de gran cocinero.
Ella ya no cocina nunca. Guisar le provoca una tristeza tan honda que sus lágrimas acaban estropeando salsas y caldos. Es un desastre. Solo en la fábrica parece no importarles que llore sobre los pucheros. Esas sopas ya daban pena antes de que la contratasen.
Intenta olvidar las promesas de amor que se hicieron: que tendrían una estrella Michellin en común, y que podrían sus nombres a los postres de la carta. Pero aún recuerda como olía el sofrito o las lentejas con chorizo, y como sabían las natillas y la trata de chocolate.

Por fin hoy, el día más frío del invierno, su pituitaria se ha fugado por la ventana persiguiendo un olor seductor: el perfume de un caldo paciente. A su mente han acudido imágenes dormidas, fotos de un recuerdo infantil, de garbanzos bailando en una cazuela de barro mientras madre majaba los ajos. Ha entornado los párpados, entregándose al éxtasis de los aromas perdidos, y cuando el repicar del mortero le ha susurrado una promesa de pan frito, se ha levantado del sofá, ha abandonado el concurso de los fogones, y ha decidido ir a pedirle una tacita de arroz a su nuevo vecino.

Mi participación en el concurso de Zenda #historiasdeamor

viernes, 6 de enero de 2017

Ángeles sobre ruedas



La Navidad que cumplí diez años, llegaron por fin las bicicletas. Quizás influyó en algo que yo estaba perdiendo la inocencia y mamá quería, a toda costa, comprar mi silencio y evitar que acabase explicándole a Carlitos porqué los Reyes no nos las traían nunca. O quizás fue porque cuando volvimos los cuatro de la cabalgata, encontramos a la abuela muerta en el sofá verde, y papá estuvo revolviendo en la cómoda durante tres horas antes de avisar a mis tíos. Fuera por lo que fuese, la mañana de aquel seis de enero, a Carlitos y a mí nos vistieron con la ropa del domingo y nos dejaron jugar en la calle toda la mañana, con nuestras bicis nuevas, dando vueltas y más vueltas a la plaza, mientras en casa, mamá y los tíos, dispuestos alrededor de la cama de la abuela, alternaban los rosarios con los gritos, según hubiera vecinas en el piso, o no.
Al finalizar el día, Carlitos y yo teníamos agujetas y las mejillas cortadas por el frío, pero lo que más nos dolió fue que mamá nos dijera que la abuela se iba a llevar las bicicletas porque los ángeles del cielo las necesitaban para llevarle los recados a Dios.

Cualquier niño de cinco años sabe que los ángeles tienen alas y no van en bici.


Con este relato participo en el concurso #cuentosdenavidad de Zendalibros.com. Obligatorio que aparezca la palabra "Navidad", del espíritu navideño no se decía nada, así que... 
La imagen, tomada de internet, es de Michael Hagn.