El teléfono comenzó a sonar de madrugada, pero nadie lo
cogió. Desde mi cama, al otro lado de la pared oía los timbrazos, insistentes,
y después de un rato, el silencio. Pero al cabo de unos segundos el teléfono
volvía a sonar y otra vez, yo me removía en mi cama, cada vez más nervioso,
mientras en el piso de al lado nadie parecía escuchar el sonido estridente del
teléfono. De nuevo silencio. A ver si ahora podía volver a dormir.
Esta vez tardó un par de minutos, pero el teléfono volvió
a sonar, insistente, agudo, irritante, y yo me incorporé en la cama y di unos
golpes en el tabique que separaba el cabecero de mi cama del de mi vecino, un
tipo normal, educado, que siempre daba los buenos días y hacía un comentario
jocoso sobre el tiempo cuando compartíamos el ascensor. El teléfono hizo una
nueva pausa, para tomar aliento, y volvió a sonar, esta vez más fuerte aún,
incrustando cada timbrazo en mi oído, perforándolo hasta llegar al cerebro,
dañando sin duda un montón de neuronas que ya nunca se repondrían de semejante
agresión.
Esta vez me levanté, busqué las zapatillas y me dirigí a
la puerta. Una vez en el rellano observé la puerta de mi vecino y escuché
atentamente. No se oía nada.