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miércoles, 4 de septiembre de 2013

El cementerio de llaves



El viejo miró la llave con extrañeza y volvió a introducirla en la cerradura pero no abría. Examinó el enorme llavero y probó con una segunda llave y una tercera antes de que alguien suspirase a sus espaldas.
—Espero que no tenga que probar con todas esas llaves.
—Habrá que tener un poco de paciencia— contestó el anciano como para sí mismo.
Y continuó probando las llaves una por una, con un ligero temblor en los dedos. Estaba seguro de que la primera llave era la correcta, pero no funcionaba, así que lo único que podía hacer era probar con las demás hasta dar con la buena. La edad no perdona, se decía a si mismo mientras seguía intentándolo de nuevo, convencido de que se había confundido de llave debido a un despiste.
Tenía llaves de todos los tamaños y formas. Algunas eran grandes y antiguas y estaban recubiertas por una capa de óxido que indicaba que no habían sido usadas en muchos años. A pesar de ello, también las probó. Sabía perfectamente que la llave que buscaba había sido usada cada día durante los últimos doscientos años,  pero había llegado a ese punto de incertidumbre en que ya no confías en ti mismo y dudas de todo.
—Ahí tiene usted muchas llaves— dijo una nueva voz detrás suyo.
—Están todas— contestó sin volverse.
A lo largo de los años había reflexionado muchas veces acerca de las llaves. La gente normalmente no se deshacía de ellas, cambiaban una cerradura, añadían una nueva llave al llavero pero tardaban un tiempo en desprenderse de  la vieja y cuando lo hacían solían guardarla en el fondo de un cajón. Era un comportamiento absurdo, pero así era la gente.

domingo, 4 de agosto de 2013

El teléfono



El teléfono comenzó a sonar de madrugada, pero nadie lo cogió. Desde mi cama, al otro lado de la pared oía los timbrazos, insistentes, y después de un rato, el silencio. Pero al cabo de unos segundos el teléfono volvía a sonar y otra vez, yo me removía en mi cama, cada vez más nervioso, mientras en el piso de al lado nadie parecía escuchar el sonido estridente del teléfono. De nuevo silencio. A ver si ahora podía volver a dormir.


Esta vez tardó un par de minutos, pero el teléfono volvió a sonar, insistente, agudo, irritante, y yo me incorporé en la cama y di unos golpes en el tabique que separaba el cabecero de mi cama del de mi vecino, un tipo normal, educado, que siempre daba los buenos días y hacía un comentario jocoso sobre el tiempo cuando compartíamos el ascensor. El teléfono hizo una nueva pausa, para tomar aliento, y volvió a sonar, esta vez más fuerte aún, incrustando cada timbrazo en mi oído, perforándolo hasta llegar al cerebro, dañando sin duda un montón de neuronas que ya nunca se repondrían de semejante agresión.


Esta vez me levanté, busqué las zapatillas y me dirigí a la puerta. Una vez en el rellano observé la puerta de mi vecino y escuché atentamente. No se oía nada.