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sábado, 5 de diciembre de 2015

Dementes



Solo es un juego, le decía cada vez que ella le mostraba otra muñeca rota. Solo es un juego, repetía mientras intentaba en vano encajar de nuevo la cabeza en el muñón reluciente del cuerpecillo de plástico. Es normal, los niños juegan y los juguetes se rompen.

Pero no, no era normal. ¿Cómo iba a ser normal aquel juego macabro? Su hermano era un monstruo y su padre estaba ciego. Así que tuvo que hacerlo, no le quedó otro remedio, pero al fin, recuperó todas las cabezas de sus muñecas. 

Por fin es #viernescreativo en el bic naranja de Fernando Vicente. Foto de Mr Toledano.

lunes, 23 de noviembre de 2015

El intercambio







Abandonan, primero uno y luego el otro, la habitación del hotel. Cada uno por su lado, maletín en mano –¡taxi! –, regresan a la oficina. Suben en ascensor, último piso, sala de juntas. Entran, primero el otro y luego el uno, con esos cinco minutos de diferencia pactados, apretón de manos, sin mirarse a los ojos.

Nos sentamos, primero tú y luego yo, codo con codo, trabajo en equipo, sonríes. Abrimos los maletines, primero yo y luego tú, y maldecimos, al unísono, esos cinco minutos, coartada imperfecta que hace imposible que los hayamos confundido en el ascensor, o en el taxi. Sonrío. Ahora ya lo sabéis todos, fue en el hotel. 


De nuevo es lunes de #REC, Otro micro para la colección de despojos.

viernes, 29 de mayo de 2015

Viernes


El naufrago consiguió alcanzar tierra firme en el día más caluroso de aquel  mes de mayo; la playa estaba llena de bañistas que se tendían sobre las arenas como filetes en una plancha —vuelta y vuelta— deseosos de que su piel acusara los efectos perversos de la radiación y resultara, de ese modo, más atractiva para el sexo opuesto, o para cualquier sexo —qué más da—. El recién llegado en cambio, lucía un color tostado con destellos de bronce que fue la envidia de los que pudieron observarle salir del agua medio en cueros, el pelo ensortijado y revuelto, adornado de algas y arena, la barba crecida de un hipster, aunque descuidada y sucia, al más puro estilo hippy.
Desde el chiringuito, Bernardo observa la llegada del extranjero mientras pide a gritos una caña, —o mejor, un cañón —y se ríe de su ocurrencia —qué cachondo soy, un cañón.

En la orilla hay jaleo; el moreno se ha derrumbado. Al rato aparecen los de la Cruz Roja. Bernardo pide otra cerveza. En la tele, la alta comisaria de las Naciones Unidas para los refugiados abre y cierra la boca mientras el resto de los peces del acuario aplauden.


Este relato ha sido nominado en la convocatoria de ENTC y aún tiene una posibilidad de colarse en el libro recopilatorio de final de año. El tema eran "Los cañones" en homenaje al II Centenario de la Batalla de Waterloo, pero finalmente se abrió el tema a cualquier tipo de cañones, lo que me dio la oportunidad de jugar un poco con el significado de la palabra y traer una historia que no tiene nada que ver con Waterloo, pero sí con el mar.