Delante de él juega un niño. Tirado en el suelo a lo largo, empuja un cochecito de juguete por entre las patas de las sillas y hace ruidos con la boca. La madre le riñe —levanta del suelo, mira como te estás poniendo.—
Hace un calor insoportable, impropio de un mes de octubre, de pleno otoño. Pero ya no hay otoños como los de antes, cuando los niños volvían a llevar a la escuela capuchas y botas de agua. Y una leve sonrisa de nostalgia se dibuja tímidamente bajo el bigote del viejo, pero nadie la nota, nadie. Y los ojos le brillan húmedos por un breve instante hasta que el presente irrumpe de nuevo en sus pensamientos.