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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Invierno


—Papá, ¿tú no tienes frío? —y le abrochaba el abrigo, —vamos papá—. Luego, le besaba en la frente y salían juntos del portal. Él la miraba sin ver y se cogía de su brazo, arrastrando los pies, bajo el sol frío de invierno.
Se sentaban un ratito en el mismo banco de siempre, el tercero del paseo. Y veían pasar a los niños que salían del colegio.
—Por ahí viene Julia,  —los ojos enmarcados de arrugas adquirían un brillo acuoso.  —¿Le has traído la merienda?
—Estoy aquí, papá —. La voz se le rompía y él la miraba confuso.
—¿Y tú quién eres?
 
 Con este relato he participado en REC (20/11/2013).

miércoles, 4 de septiembre de 2013

El cementerio de llaves



El viejo miró la llave con extrañeza y volvió a introducirla en la cerradura pero no abría. Examinó el enorme llavero y probó con una segunda llave y una tercera antes de que alguien suspirase a sus espaldas.
—Espero que no tenga que probar con todas esas llaves.
—Habrá que tener un poco de paciencia— contestó el anciano como para sí mismo.
Y continuó probando las llaves una por una, con un ligero temblor en los dedos. Estaba seguro de que la primera llave era la correcta, pero no funcionaba, así que lo único que podía hacer era probar con las demás hasta dar con la buena. La edad no perdona, se decía a si mismo mientras seguía intentándolo de nuevo, convencido de que se había confundido de llave debido a un despiste.
Tenía llaves de todos los tamaños y formas. Algunas eran grandes y antiguas y estaban recubiertas por una capa de óxido que indicaba que no habían sido usadas en muchos años. A pesar de ello, también las probó. Sabía perfectamente que la llave que buscaba había sido usada cada día durante los últimos doscientos años,  pero había llegado a ese punto de incertidumbre en que ya no confías en ti mismo y dudas de todo.
—Ahí tiene usted muchas llaves— dijo una nueva voz detrás suyo.
—Están todas— contestó sin volverse.
A lo largo de los años había reflexionado muchas veces acerca de las llaves. La gente normalmente no se deshacía de ellas, cambiaban una cerradura, añadían una nueva llave al llavero pero tardaban un tiempo en desprenderse de  la vieja y cuando lo hacían solían guardarla en el fondo de un cajón. Era un comportamiento absurdo, pero así era la gente.

jueves, 25 de julio de 2013

Trato preferente



—Y yo, simplemente, pasaba por allí— dijo el abuelo un poco incomodo —Se lo juro señor agente,  yo no he hecho nada malo
—Lo sé, no se preocupe— contestó el policía mientras se ajustaba la gorra —Pero usted comprenderá que ese dinero no le pertenece y que debe devolverlo.

Todavía no me explico cómo me encontraron, cómo nos encontraron a todos — Pensaba el abuelo— Seguro que fue por las cámaras de seguridad del banco, como en las películas.

Los periódicos lo llevaban en portada: “Director de sucursal bancaria enloquece y reparte veinte millones de euros entre clientes afectados por las preferentes”. Todo el mundo opinaba acerca del suceso: “Locura transitoria”, “Banquero justiciero”,….

Y ahora le exigían que devolviese el dinero. —El abuelo no salía de su asombro— Que no era suyo, decían. ¿Que no era suyo?, si él tenía todos sus ahorros en el banco y no se los dejaban sacar. El Director del Banco, se lo dijo bien clarito:”No se preocupe de nada Eusebio, usted es un cliente preferente”.

jueves, 11 de julio de 2013

Sala de espera



Está harto de tanto esperar, sentado, haciendo rodar el bastón entre las manos, la paciencia consumida ya, hace horas. Desde que se jubiló no ha hecho otra cosa más que esperar. Esperar en la oficina del banco, el día uno de cada mes; esperar en la consulta del médico, a por recetas; esperar que le llegue la hora. Espera y observa, no habla con nadie, la compañía de otro ser humano le incomoda, le enerva, le recuerda a aquellos otros seres humanos que ya no están, o que ya no vienen a verle, que se aburrieron hace tiempo de su mal carácter y sus impertinencias.

Delante de él juega un niño. Tirado en el suelo a lo largo, empuja un cochecito de juguete por entre las patas de las sillas y hace ruidos con la boca. La madre le riñe —levanta del suelo, mira como te estás poniendo.—

Hace un calor insoportable, impropio de un mes de octubre, de pleno otoño. Pero ya no hay otoños como los de antes, cuando los niños volvían a llevar a la escuela capuchas y botas de agua. Y una leve sonrisa de nostalgia se dibuja tímidamente bajo el bigote del viejo, pero nadie la nota, nadie. Y los ojos le brillan húmedos por un breve instante hasta que el presente irrumpe de nuevo en sus pensamientos.