sábado, 29 de junio de 2013

Los zapatos

Casi todo lo que uno hace o dice en esta vida carece de trascendencia. Son frases banales o cosas inútiles que rellenan los huecos de nuestra existencia, sin mayor importancia. Cinco minutos después ya no las recordaremos y nadie vendrá a pedirnos explicaciones sobre ellas. Sin embargo, a veces, un hecho insignificante o una frase estúpida pueden quedar para siempre en nuestra memoria y marcar nuestra vida de forma indeleble.

Eso es lo que ocurría con aquellos zapatos. 


Los había sacado de su caja el día anterior, rotos y sucios como cuando los recogió del montón de zapatos de aquel patio de espanto. Los había escondido entonces, hasta que salió del campo. Y cuando la liberaron, insistió a los soldados para que la dejaran llevárselos, “por si algún día su hermano aparecía” les había dicho. 



Después no tuvo alma para tirarlos y los había conservado metidos en una caja en el fondo del altillo. Hacía más de cincuenta años que no los veía y ahora estaban allí, como una acusación. Un testigo mudo del pasado que volvía para pasar cuentas con ella.

La impresión que le causó volver a verlos fue tan grande que los dejó caer al suelo y se los quedó mirando sin atreverse a tocarlos, como si de un fantasma se tratase. Pasó la noche en blanco, atormentada por los recuerdos de una época tan lejana como terrible. Había decidió desprenderse para siempre de aquellos zapatos en un último intento de hacer las paces con su conciencia.


Al despertar los zapatos seguían allí, caídos en la alfombra como un cadáver que espera la llegada del forense. Se acercó a ellos de nuevo y los observó con cuidado. Sin duda debían ser los zapatos de su hermano. Los había reconocido entonces, entre todos los zapatos del montón y no tenía motivos para empezar a dudar ahora. Pero había tantos zapatos en aquel montón.


Cincuenta años antes, el día mismo de su separación, aquellos zapatos habían significado el último motivo de discusión entre ambos hermanos. La cola avanzaba lentamente y ella seguía a sus padres, tirando de la mano de su hermano pequeño. A empujones, los obligaban a entrar en aquellos trenes que debían trasladarlos a su nuevo hogar. Había quien hablaba de granjas, otros hablaban abiertamente de prisiones, pero nadie sabía exactamente adonde les llevaban.


Al subir al vagón de ganado en el que los trasladarían, ella había reparado en los zapatos de su hermano. Estaban sucios y llenos de barro, era evidente que su hermano no había limpiado sus zapatos la noche anterior, tal como le había ordenado su madre. Haciendo uso de la autoridad que le confería ser la hermana mayor riñó a su hermano sin piedad. Avergonzándolo por su aspecto descuidado y por su desobediencia.


Fueron las últimas palabras que cruzó con él. 


Cincuenta años más tarde aquellos zapatos la miraban desde la alfombra de su habitación. Lentamente los recogió y los depositó de nuevo en su caja. Abrió el altillo y volvió a guardarlos en su sitio.


A veces unas palabras o un objeto sin importancia pueden perseguirnos toda una vida. Simplemente porque fueron las últimas palabras que cruzamos con alguien o porque aquel objeto se ha resistido a abandonar su sitio en el altillo. 


Eso era lo que ocurría con aquellos zapatos.