Mostrando entradas con la etiqueta recuerdos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta recuerdos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Invierno


—Papá, ¿tú no tienes frío? —y le abrochaba el abrigo, —vamos papá—. Luego, le besaba en la frente y salían juntos del portal. Él la miraba sin ver y se cogía de su brazo, arrastrando los pies, bajo el sol frío de invierno.
Se sentaban un ratito en el mismo banco de siempre, el tercero del paseo. Y veían pasar a los niños que salían del colegio.
—Por ahí viene Julia,  —los ojos enmarcados de arrugas adquirían un brillo acuoso.  —¿Le has traído la merienda?
—Estoy aquí, papá —. La voz se le rompía y él la miraba confuso.
—¿Y tú quién eres?
 
 Con este relato he participado en REC (20/11/2013).

miércoles, 25 de septiembre de 2013

La caja



Al principio no reparó apenas en la caja. El portero le había explicado que, cómo parecía pesada y llevaba varias etiquetas que advertían que se trataba de algo frágil, él mismo había abierto la puerta del apartamento y se había asegurado de que el mensajero la depositara con sumo cuidado en un rincón del hall. El portero era muy solícito cuando se acercaban las Fiestas y olía que podía obtener un suculento aguinaldo.

Al principio no reparó en la caja, como decía, pero cuando ya hubo soltado las bolsas en la cocina y le echó un vistazo, supo que era la misma caja. La observó desde varios ángulos antes de atreverse a tocarla, pero no le cabía duda.

sábado, 29 de junio de 2013

Los zapatos

Casi todo lo que uno hace o dice en esta vida carece de trascendencia. Son frases banales o cosas inútiles que rellenan los huecos de nuestra existencia, sin mayor importancia. Cinco minutos después ya no las recordaremos y nadie vendrá a pedirnos explicaciones sobre ellas. Sin embargo, a veces, un hecho insignificante o una frase estúpida pueden quedar para siempre en nuestra memoria y marcar nuestra vida de forma indeleble.

Eso es lo que ocurría con aquellos zapatos. 


Los había sacado de su caja el día anterior, rotos y sucios como cuando los recogió del montón de zapatos de aquel patio de espanto. Los había escondido entonces, hasta que salió del campo. Y cuando la liberaron, insistió a los soldados para que la dejaran llevárselos, “por si algún día su hermano aparecía” les había dicho.