miércoles, 25 de septiembre de 2013

La caja



Al principio no reparó apenas en la caja. El portero le había explicado que, cómo parecía pesada y llevaba varias etiquetas que advertían que se trataba de algo frágil, él mismo había abierto la puerta del apartamento y se había asegurado de que el mensajero la depositara con sumo cuidado en un rincón del hall. El portero era muy solícito cuando se acercaban las Fiestas y olía que podía obtener un suculento aguinaldo.

Al principio no reparó en la caja, como decía, pero cuando ya hubo soltado las bolsas en la cocina y le echó un vistazo, supo que era la misma caja. La observó desde varios ángulos antes de atreverse a tocarla, pero no le cabía duda.

Estaba sucia y tenía en su superficie varias etiquetas y sellos que certificaban el largo viaje que había realizado, Marrakech, Turín, Taipei, New York, otra vez Marrakech… Resultaba un tanto surrealista comprobar las vueltas que había dado el paquete en aquellos meses. Pero indiscutiblemente era la misma caja. 


No le hacía falta abrirla, sabía perfectamente lo que contenía, sabía quién y cuándo la había enviado, e incluso sabía cuánto tiempo llevaba perdida. Lo que no sabía era por qué había aparecido ahora, por qué precisamente ese día, el mismo día en qué había vuelto a ver a Elena. 

La idea de la caja fue de ella. Después de dos inolvidables semanas de viaje habíamos acumulado una pequeña colección de objetos, recuerdos, algunas compras y pensamos que en lugar de pagar exceso de equipaje sería mejor enviarnos todo aquello por mensajero. 
 
En el zoco habían comprado dos estatuillas de alabastro, unas ninfas que Elena planeaba convertir en lamparitas. A esto había que sumar un juego de té adamascado que robaron del primer hotel, una botella llena de arena de la duna donde hicieron el amor en el desierto y las fotos que les sacaron los fotógrafos ambulantes durante la excursión en camello. 

La caja pasó entonces a ser algo más que un modo de asegurarse de que las ninfas llegaran a Barcelona sin problemas y se convirtió en nuestro particular baúl de los recuerdos, un cofre que al ser abierto de nuevo, cuando estuviéramos en casa, nos trasladaría a aquellos días de felicidad y serviría de conjuro para borrar la sombra de aquella separación que había planeado sobre nuestras cabezas unos meses atrás.
 
Pero la caja nunca llegó. Las ninfas no se convirtieron en lámparas y no vertieron la arena de la duna para volver a hacer el amor con el mismo entusiasmo adolescente de aquella noche. La caja se perdió y no llegó nunca, hasta hoy.

¿Era una señal? Ella hubiera opinado que sí, indiscutiblemente era una señal. Del mismo modo que también consideró una señal el hecho de que la caja se extraviara meses atrás, una señal inequívoca de que lo que habían vivido en Marruecos había sido sólo un espejismo, que los recuerdos que atesoraron en aquella caja eran humo y como el humo habían desparecido una vez apagado el fuego.

Y si era una señal, ¿cómo debía interpretarla? ¿Significaba acaso que debía llamarla? Seguramente esa era la opción más probable. Para qué iba a poner el destino aquella caja de nuevo en su camino si no era para volver a reunirlos. Era la excusa perfecta. Sí, la llamaría. 
 
Por otro lado, parecía que ella no le echaba de menos en absoluto. Cuando se la había tropezado casualmente aquella tarde, mientras hacía la compra le había faltado el tiempo para explicarle que tenía una nueva relación, un flechazo y que era tan feliz. La verdad, si que parecía feliz, se la veía radiante, pero también ellos fueron felices y en aquella caja estaba la prueba. Ella tenía que saber que por fin había aparecido, quizás eso significase algo para ella también, quizás pensase que era una señal. Tenía que llamarla, así saldría de dudas. Sí, la llamaría. O quizás no.