miércoles, 4 de septiembre de 2013

El cementerio de llaves



El viejo miró la llave con extrañeza y volvió a introducirla en la cerradura pero no abría. Examinó el enorme llavero y probó con una segunda llave y una tercera antes de que alguien suspirase a sus espaldas.
—Espero que no tenga que probar con todas esas llaves.
—Habrá que tener un poco de paciencia— contestó el anciano como para sí mismo.
Y continuó probando las llaves una por una, con un ligero temblor en los dedos. Estaba seguro de que la primera llave era la correcta, pero no funcionaba, así que lo único que podía hacer era probar con las demás hasta dar con la buena. La edad no perdona, se decía a si mismo mientras seguía intentándolo de nuevo, convencido de que se había confundido de llave debido a un despiste.
Tenía llaves de todos los tamaños y formas. Algunas eran grandes y antiguas y estaban recubiertas por una capa de óxido que indicaba que no habían sido usadas en muchos años. A pesar de ello, también las probó. Sabía perfectamente que la llave que buscaba había sido usada cada día durante los últimos doscientos años,  pero había llegado a ese punto de incertidumbre en que ya no confías en ti mismo y dudas de todo.
—Ahí tiene usted muchas llaves— dijo una nueva voz detrás suyo.
—Están todas— contestó sin volverse.
A lo largo de los años había reflexionado muchas veces acerca de las llaves. La gente normalmente no se deshacía de ellas, cambiaban una cerradura, añadían una nueva llave al llavero pero tardaban un tiempo en desprenderse de  la vieja y cuando lo hacían solían guardarla en el fondo de un cajón. Era un comportamiento absurdo, pero así era la gente.

—¿Cómo lo sabes?— preguntó un niño de cinco años que acababa de llegar.
—Tú eres muy joven— observó el anciano.
—Viene conmigo— explicó una mujer con la cara marcada por el sufrimiento.
—¿Cómo sabes que ahí están todas las llaves?— insistió el chiquillo con curiosidad.
—Están todas, créeme. Las llaves nunca se tiran a la basura, la gente las guarda aún cuando sabe que ya son totalmente inservibles.
El sentimiento que les empujaba a este comportamiento irracional era un misterio, pero el viejo tenía una teoría.
—Cada llave —continuó —encierra un secreto. Unas han guardado cartas de amor, otras han protegido tesoros y algunas sólo han encerrado a alguien en una celda. Pero todas han ocultado algo y por eso las personas son incapaces de desprenderse de ellas, porque de algún modo aún encierran ese secreto y temen que sea descubierto.
—Pero tú no puedes tener toooodas las llaves—insistió el pequeño expresando el pensamiento de todos los que esperaban.
—¡Pues las tengo!—zanjó el abuelo sin admitir más réplicas. Y se dio la vuelta para introducir una nueva llave en la cerradura.
Dónde creerá la gente que van a parar al final todas esas llaves. Pensaba mientras seguía probando una tras otra. Alguien tiene que hacerse cargo, digo yo.
Al principio habían sido sólo unas pocas llaves. La gente llegaba allí con una o dos a lo sumo y en un último arrebato se las dejaban en custodia. Cómo si me confiasen sus secretos, sí señor. Pero con el paso de los años cada persona podía llegar allí con media docena de llaves como mínimo y la carga empezó a ser insoportable. Cuando me confiaron la primera llave creí que sería la única y por eso la acepté, por eso y porque al Señor no se le podía decir que no, naturalmente.
La cola había ido creciendo mientras el anciano continuaba con su infructuosa tarea y la gente comenzaba a impacientarse. Los murmullos fueron en aumento y finalmente alguien alzó la voz y preguntó:
—¿Por qué no intenta llamar al timbre? Seguro que hay alguien dentro y nos abre. Llevamos mucho tiempo esperando.
—Eso es imposible—dijo volviéndose muy despacio —.Ustedes no lo entienden, el encargado de las llaves soy yo. Lo he sido toda la vida y nadie se preocupa ahí dentro cuando llaman a la puerta. Créanme, aunque aporreásemos la puerta nadie movería un músculo ahí dentro.
—Creo que el señor tiene razón— dijo la madre del niño—, no creo que nadie nos abra. Piénsenlo, si han cambiado la cerradura, a lo mejor es que no quieren que entre nadie más.
—Eso es un disparate. Llevan toda la vida hablándonos de este sitio, ¿por qué no iban a querer abrirnos?
—Tal vez está completo.
—Vaya tontería, ¿cómo va a estar completo?
—Y ¿por qué no? Yo no lo encuentro tan absurdo, después de todo es un sitio bastante exclusivo, sería lógico que limitasen el número de huéspedes.
La discusión fue en aumento. Las opiniones eran de lo más variadas, cada persona de aquella enorme cola tenía una hipótesis sobre el extraño suceso y la exponía con vehemencia. El tono de las conversaciones fue subiendo haciendo inaudible lo que decía el anciano.
La madre del niño mandó callar a todo el mundo, los codazos se sucedieron y al poco la reprimenda alcanzó al último de la fila y todos quedaron en silencio.
—Me parece— dijo el anciano hablando de nuevo como para sí mismo— que ha llegado el momento de cambiar de aires. Ya me he cansado de los caprichos del Señor.
—No se ponga usted así, hombre— intervino la mujer.
—¿Y cómo quiere que me ponga? Toda una vida sirviéndole, atendiendo a sus invitados y ahora cambia la cerradura de El Paraíso y me deja en la calle. Esto es demasiado. Me voy al infierno.