miércoles, 23 de octubre de 2013

La muñeca


—Si papá, pero ¿y esa?— preguntó abriendo mucho los ojos.

—Esa no, pequeña. Esa no.

La decepción pintó en su rostro un mohín de enfado infantil y él la apartó suavemente intentando distraer su atención. Le encendió la tele y cuando no miraba la escondió en el fondo del cajón, lejos de su vista.

Media hora más tarde, cuando percibió el inusual silenció, corrió hasta el mueble y se estremeció.

Mientras coloreaba en su nueva libreta, Mireia reñía a su muñeca:
—No te puedo dejar pintar, no seas pesada, papá se enfadaría.

Manuel contuvo el aliento.

Con este relato he participado en el concurso Relatos en cadena SER

viernes, 18 de octubre de 2013

Asesino pasivo


Su primera cita con la muerte fue muy temprana, a los ocho años sobrevivió al accidente de coche en el que murieron sus padres. Su abuela se hizo cargo y lo educó tan bien como pudo. La pobre murió antes de que él acabara la secundaria  y, de nuevo, se encontró solo en el mundo.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Sueños de Sirena

A grandes zancadas sobre las olas, se abrió paso hacia la libertad. La arena cálida la recibió con su caricia y la acogió en nombre  de la tierra soñada, ese mundo ideal en el que ansiaba encontrar una vida nueva. Sonrió mientras corría, temblorosa y  con los pies descalzos, en busca de sus más grandes anhelos. Sólo se detuvo un instante recordando lo que dejaba atrás.
No había abandonado aún la playa cuando le dieron el alto. La sirena lloró lágrimas de sal por su sueño roto mientras la conducían al  centro de detención de inmigrantes. Todavía resonaban en su mente las advertencias de su padre.

 Con este relato he participado en VII Edición de Relatos en Cadena (La Ventana - Cadena SER)

miércoles, 25 de septiembre de 2013

La caja



Al principio no reparó apenas en la caja. El portero le había explicado que, cómo parecía pesada y llevaba varias etiquetas que advertían que se trataba de algo frágil, él mismo había abierto la puerta del apartamento y se había asegurado de que el mensajero la depositara con sumo cuidado en un rincón del hall. El portero era muy solícito cuando se acercaban las Fiestas y olía que podía obtener un suculento aguinaldo.

Al principio no reparó en la caja, como decía, pero cuando ya hubo soltado las bolsas en la cocina y le echó un vistazo, supo que era la misma caja. La observó desde varios ángulos antes de atreverse a tocarla, pero no le cabía duda.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

El cementerio de llaves



El viejo miró la llave con extrañeza y volvió a introducirla en la cerradura pero no abría. Examinó el enorme llavero y probó con una segunda llave y una tercera antes de que alguien suspirase a sus espaldas.
—Espero que no tenga que probar con todas esas llaves.
—Habrá que tener un poco de paciencia— contestó el anciano como para sí mismo.
Y continuó probando las llaves una por una, con un ligero temblor en los dedos. Estaba seguro de que la primera llave era la correcta, pero no funcionaba, así que lo único que podía hacer era probar con las demás hasta dar con la buena. La edad no perdona, se decía a si mismo mientras seguía intentándolo de nuevo, convencido de que se había confundido de llave debido a un despiste.
Tenía llaves de todos los tamaños y formas. Algunas eran grandes y antiguas y estaban recubiertas por una capa de óxido que indicaba que no habían sido usadas en muchos años. A pesar de ello, también las probó. Sabía perfectamente que la llave que buscaba había sido usada cada día durante los últimos doscientos años,  pero había llegado a ese punto de incertidumbre en que ya no confías en ti mismo y dudas de todo.
—Ahí tiene usted muchas llaves— dijo una nueva voz detrás suyo.
—Están todas— contestó sin volverse.
A lo largo de los años había reflexionado muchas veces acerca de las llaves. La gente normalmente no se deshacía de ellas, cambiaban una cerradura, añadían una nueva llave al llavero pero tardaban un tiempo en desprenderse de  la vieja y cuando lo hacían solían guardarla en el fondo de un cajón. Era un comportamiento absurdo, pero así era la gente.

martes, 20 de agosto de 2013

Velocitat terminal



Entregant-se al dimoni per primer cop a la seva vida; millor dit a la seva mort. Des que li van diagnosticar no havia parat de fer les bestiesses més grans que se li havien acudit. 

Les festes i les drogues aviat el van avorrir i començà a buscar activitats arriscades, cada cop més extremes, mirant de sumar experiències, provant d’adormir la consciència amb una nova dosi d’adrenalina. Cercava la mort, no estava disposat a consumir-se lentament, volia aprofitar el temps al màxim i trobar una manera més divertida de morir.  

Però aquell cop s’havia passat  i ara no hi havia marxa enrera. S’apropava al final a una velocitat increible i,  tot i que portava mesos buscant-lo, en aquell moment es va tirar enrera i va pregar “Si us plau, si us plau, encara no... vull viure un dia més!”

domingo, 4 de agosto de 2013

El teléfono



El teléfono comenzó a sonar de madrugada, pero nadie lo cogió. Desde mi cama, al otro lado de la pared oía los timbrazos, insistentes, y después de un rato, el silencio. Pero al cabo de unos segundos el teléfono volvía a sonar y otra vez, yo me removía en mi cama, cada vez más nervioso, mientras en el piso de al lado nadie parecía escuchar el sonido estridente del teléfono. De nuevo silencio. A ver si ahora podía volver a dormir.


Esta vez tardó un par de minutos, pero el teléfono volvió a sonar, insistente, agudo, irritante, y yo me incorporé en la cama y di unos golpes en el tabique que separaba el cabecero de mi cama del de mi vecino, un tipo normal, educado, que siempre daba los buenos días y hacía un comentario jocoso sobre el tiempo cuando compartíamos el ascensor. El teléfono hizo una nueva pausa, para tomar aliento, y volvió a sonar, esta vez más fuerte aún, incrustando cada timbrazo en mi oído, perforándolo hasta llegar al cerebro, dañando sin duda un montón de neuronas que ya nunca se repondrían de semejante agresión.


Esta vez me levanté, busqué las zapatillas y me dirigí a la puerta. Una vez en el rellano observé la puerta de mi vecino y escuché atentamente. No se oía nada.